Respirar

Por: Verónica Coello Moreira

“¡Por favor, no puedo respirar!”. Fueron las últimas palabras de George Floyd, rogando una y otra vez que lo dejen de presionar contra el asfalto porque no podía respirar; finalmente, murió como resultado de brutalidad policial.

sto sucedió hace poco en Estados Unidos, aunque temo que podría suceder en cualquier parte del mundo porque el racismo es el mismo, basta cambiar los protagonistas. Tal vez muchos conozcamos una historia que aunque no termine en muerte, siempre tendrá afectación emocional y social.

Por favor, ¿cómo podemos respirar tranquilos cuando somos parte del racismo? Cuando nos reímos de los chistes, decimos a los ofendidos que no exageren y tratamos de disfrazar con bromas un ataque directo por su raza, condición social, color de piel, forma de vestir o de peinar, somos parte del problema, no de la solución. ¿Hasta cuándo seguiremos cruzando la calle para evitar toparnos de frente con un afrodescendiente, musulmán o indígena? ¿Hasta cuándo nos seguiremos sintiendo superiores por nuestro color de piel, tono de ojos o apellido?

Espero que nadie pueda respirar tranquilo mientras se siga inculcando que la crueldad es un arma y la educación un privilegio de pocos, cuando es derecho de todos. Estamos a tiempo para cambiar las cosas, tenemos en nuestras manos el poder de educar niños y jóvenes con responsabilidad social, conscientes de los derechos y libertad que todos debemos gozar.

Por tanto, no podremos respirar bien mientras racismo, xenofobia y violencia sigan enquistados en nuestra sociedad, es necesario recordar que depende de nosotros terminar con esto. Somos responsables de las nuevas generaciones, tenemos el poder de cambiar las cosas que han hecho daño en nuestra sociedad y el primer paso es desde casa. Dejemos los chistes y hagamos que nuestros hijos tengan conciencia de las consecuencias de la violencia. Quisiera que las siguientes generaciones respiren un ambiente de paz.

Hace poco celebramos el Día del Niño en medio de una pandemia, hemos pasado encerrados mucho tiempo y también hemos sufrido los estragos que esto conlleva. ¿Seremos distintos a cómo empezamos? Quiero creer que sí. He decidido confiar en que al salir estaremos tan felices de respirar y caminar por nuestras calles, que el sentimiento de agradecimiento con la vida nos ayudará a ser mejores personas con quienes nos rodean, aunque no sean nuestros amigos, vecinos ni luzcan como nosotros.

En conclusión, por favor, cumplamos con nuestro deber de ciudadanos dentro de una aldea global y sin fronteras, conscientes de que nuestros actos se replicarán. Ojalá ayudemos a transformar este mundo en uno donde podamos respirar. Como decía Martin Luther King: “He decidido apostar por el amor. El odio es una carga demasiado pesada”.

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