Apuro y abstinencia

Cuando alguien vota por un candidato al Congreso, lo hace con la esperanza de que, si sale elegido, lleve su voz y su opinión a ese foro fundamental, donde se elaboran las leyes y se fiscaliza a los otros poderes del Estado. Eso suele ser también lo que los postulantes ofrecen a los ciudadanos para ganar su respaldo: ser los legítimos voceros de las posiciones políticas e ideológicas sobre las que basaron sus campañas y, en esa medida, de quienes las suscriben.

En otras palabras, de quien pidió el apoyo en las urnas para representar, por ejemplo, las ideas del ambientalismo se espera que haga exactamente eso en el Parlamento. Y de quien se comprometió a vigilar la prudencia fiscal en el proceso de debate y aprobación de las normas con impacto económico, también. Lamentablemente, no es ese tipo de comportamiento el que ha caracterizado a las representaciones nacionales que se han sucedido en el Palacio Legislativo durante nuestra historia republicana.

Hasta donde la memoria le alcanza, cualquier peruano puede evocar a congresistas incumpliendo promesas de campaña o votando en el hemiciclo en contra de las posturas que le permitieron acceder a su curul: una conducta cuya manifestación más dramática es con frecuencia la del transfuguismo o el salto de bancada.

Existen, no obstante, maneras más sutiles de practicar esa penosa defraudación de la voluntad de los ciudadanos. A saber, la de abstenerse en las votaciones en las que se definen asuntos que tienen que ver con los principios que se defendieron a lo largo de la campaña: una forma de proceder que se observa, sobre todo, en bancadas que se pretenden serias o responsables, pero que a la hora de tener que marcar su presumible oposición a una iniciativa que goza de popularidad en otros predios, se camuflan bajo la figura de la abstención o la de ausentarse del hemiciclo en el momento crítico para evitar aparecer como “enemigos” de la misma. Un ardid para, digamos, ahorrarse el apuro.

No queremos decir con esto que todo voto en abstención en el pleno o en alguna comisión entrañe un acto de deserción a los compromisos políticos adquiridos antes de los comicios. En el ejercicio del rol parlamentario aparecen, por supuesto, dilemas sobre materias no contempladas en la campaña ante los que quizás la reacción más honesta sea la de no inclinar la balanza en un sentido u otro. Pero el sentido común sugiere que esas materias tendrían que ser pocas; y no es eso precisamente lo que venimos viendo de un tiempo a esta parte en el Legislativo.

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