La irrepetible juramentación de Raúl Porras Barrenechea como canciller de la República desde su casa

En 1958 Raúl Porras Barrenechea juró como ministro de Relaciones Exteriores ante el presidente Manuel Prado en la sala de espera de su casa, en Miraflores, y no en Palacio de Gobierno, como indica la tradición.

Pocas cosas significativas ocurren una sola vez en la vida, y menos aún en la historia nacional. Pero cuando suceden, es deber de los cronistas del día a día y, sobre todo, de los de la historiografía formal, tomar nota de estos acontecimientos, para llevarlos —glosados, si se quiere, en el caso de los primeros narradores— hasta las lectores, y así, de repetición en repetición, engrosar el imaginario de la ciudadanía con una anécdota nueva, real y verificable.

La que viene a continuación ocurrió hace 62 años. El protagonista, por lo demás, es harto conocido en el Perú, posiblemente más por un detalle circunstancial que por toda su trayectoria humana: Raúl Porras Barrenechea, hijo ilustre de Pisco y, para mayores señas, el rubicundo señor que con su rostro distingue el billete de veinte soles en el territorio nacional.

De Torre Tagle a Miraflores

El Perú vivía entonces el segundo año del segundo Gobierno del presidente Manuel Prado Ugarteche, quien, luego de recomponer su gabinete ministerial, convocó a Raúl Porras Barrenechea para que asumiera el mando de la Cancillería de la República.

El ingreso formal de Porras al Gobierno de Prado se dio el 5 de abril de 1958, según apunta a La República el embajador Harry Belevan-McBride, quien es a la fecha director del Instituto Raúl Porras Barrenechea de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.

Antes de ser convocado, Porras había cumplido un deber que, también por su peculiaridad, es interesante destacar: entre febrero y julio de 1957, fungió como presidente del Senado de la República, en reemplazo de su primo mayor, José Gálvez Barrenechea, quien había muerto en el cargo tras culminar la Segunda Legislatura Extraordinaria.

Al concluir su labor directiva en el Senado, Porras Barrenechea recibió el llamado del Ejecutivo, y, poco después, en su casa de la calle Narciso de la Colina, en Miraflores, la temprana seña de la muerte que se lo llevaría dos años después.

Su gestión al frente de la cartera de Relaciones Exteriores, sin embargo, fue singular. Luis Alberto Sánchez, líder histórico del Apra y compañero de su generación —fueron amigos desde comienzos del siglo veinte, compartieron en San Marcos y en el Senado, para resumir—, la recuerda del siguiente modo, como se lee en el libro compilatorio Raúl Porras Barrenechea, parlamentario, de Carlota Casalino, editado por el Fondo Editorial del Congreso en 1999:

“Y entonces ocurrió un hecho que demostró palmariamente los rasgos románticos de Raúl. Le comenzó a fallar el corazón, ese traidor miserable que se lo llevó una noche de setiembre. Comenzó a sentirse mal a punto tal que no iba al Ministerio, sino que el Ministerio venía acá a su casa, a trabajar… esta casa realmente fue la cancillería del Perú durante meses. Los embajadores venían aquí, sin sentirse rebajados por ello, sino al contrario, enaltecían su función y enaltecían a Porras”.

Juramento hogareño

Pero si la Cancillería, del Palacio de Torre Tagle, se mudó a la casita de la calle Colina por un tiempo, con la confianza de Prado a Porras se puede decir que hasta el Palacio de Gobierno llegó a su residencia, al menos en un sentido informal, en un episodio hasta hora único en la historia republicana del país.

Dos fuentes señalan la singularidad del hecho: el embajador Beleván-McBride y Sánchez, respectivamente.

Dice el director del Instituto Raúl Porras Barrenechea:

“Según me dijo Pablo Macera”, quien, vale añadir, junto con Mario Vargas Llosa, fue de los discípulos más prominentes del maestro Porras, “esa es la única vez que un ministro de Estado ha juramentado fuera del recinto de la sede de gobierno”.

El corazón de Porras Barrenechea, en realidad, había marcado la agenda del presidente Prado y el gabinete ministerial recién recompuesto que presidía Manuel Cisnero Sánchez.

Luis Alberto Sánchez recuerda así el episodio:

“Al formarse otro gabinete, Prado decidió nombrar nuevamente Ministro de Relaciones Exteriores a Raúl Porras, quien no pudo ir a Palacio a jurar, porque había sufrido un nuevo ataque al corazón. Fue obligado por los médicos a quedarse en casa, en esta casa, y así ocurrió algo que no ha ocurrido en toda la historia del Perú: que el Presidente de la República mandó que se hiciera un altar en esta casa y vino él con su Gabinete y sus edecanes (….) y Raúl Porras, pálido, transido, acezando un poco, dobló la rodilla ante el altar, ante la Biblia y así juró el cargo de Ministro”.

El magisterio de Porras en la Cancillería
Si bien se ha dicho que la gestión de Porras Barrenechea como ministro de Relaciones Exteriores fue singular por despachar y jurar el cargo desde su casa, otro hecho notable también distingue su paso por la Cancillería de la República.

Ocurrió en San José de Costa Rica el 23 de agosto de 1960, un mes y unos días antes de morir en Lima de un infarto fulminante.

Por entonces, como canciller, Porras Barrenechea asistía a las reuniones de consulta de los cancilleres americanos convocadas por la Organización de Estados Americanos (OEA) a raíz de la Revolución Cubana.

En la séptima de estas citas, con la misma resolución con que daba sus clases de historia en San Marcos y en la Católica —cuenta el poeta Marco Martos en una semblanza publicada en Caretas que cuando el maestro dictaba cátedra “se suspendían todas las demás actividades del claustro”—, y desobedeciendo un mandato del presidente Prado, Porras Barrenechea pronunció un discurso recordado hasta la fecha en la historia de la diplomacia nacional por el carácter de su magisterio, en el que apeló por la no intervención de Cuba en concordancia con la tradición diplomática del Perú:

“La no intervención es pues, uno de los puntos claves del interamericanismo. Es una sólida doctrina multilateral proclamada y sustentada por todas las repúblicas americanas, reafirmada en la Declaración de Lima de 24 de diciembre de 1938 que ordena el procedimiento de consulta para hacer efectiva la solidaridad americana contra cualquier atentado a su soberanía e independencia. El artículo 15 de la Carta de la OEA establece que ningún Estado o grupo de Estados tiene derecho de intervenir, directa o indirectamente, ya sea cual fuere el motivo, en los asuntos internos o externos de cualquier otro, y agrega terminantemente que este principio excluye no solamente la fuerza armada, sino también cualquier otra forma de injerencia o de dependencia atentatoria de la personalidad del Estado y de los elementos políticos, económicos y culturales que lo constituyen”.

Luego de este discurso, Raúl Porras Barrenechea presentó su renuncia ante el presidente Prado, quien inicialmente la rechazó. Sánchez cuenta el episodio del siguiente modo:

“Porras no olvidó este gesto de Manuel Prado [ir a su casa para tomarle el juramento como canciller] y de allí lo que no explican muchos, que durante su estancia en Costa Rica cuando fue desautorizado implícitamente por un cable oficial, su actitud fue renunciar, y al no ser aceptada su renuncia, no insistió porque se sentía obligado al hombre que había reunido ese gesto que realmente se produce pocas veces con un hombre común, mucho menos cuando se recela de él, a causa de su honda independencia”.

Un mes y unos días después de oponerse a la intervención de Cuba, Raúl Porras Barrenechea murió en Lima a la edad de 63 años, a las 10 de la noche del 27 de setiembre de 1960, en su casa de la calle Colina, en Miraflores, donde sumó a su legajo en la historia del Perú, el episodio de su juramento como canciller y el momentáneo despacho de la cartera de Relaciones Exteriores por su salud resquebrajada.

Tras su deceso, el Gobierno de Fidel Castro envió un ofrenda floral a la casita de la calle Colina, en donde funciona ahora el Instituto Raúl Porras Barrenechea, de la San Marcos, para honrar el agradecimiento de su defensa de Cuba ante la OEA.

A la fecha, la presencia de Porras Barrenechea, se ha dicho, es permanente por la cotidianidad del tráfico de los billetes de veinte soles; sin embargo, es preciso regresar a su magisterio, a su rol de maestro de la historia peruana y de la diplomacia nacional, y sobre todo no perder de vista su imagen paradigmática de hombre público.

(La República)

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